Al
diablo con el diablo
Si
tuviera que cambiar algo en
mi
vida todo lo cambiaria
«Somos
buenos para ocultarnos a nosotros mismos» —Se decía en voz baja, el moribundo—,
mientras la cama se inundaba de sangre y el diablo le cobraba el alma...
Esta
es su historia, y así fue como empezó todo.
Desde
que salió de la cárcel, el hombre, anduvo errando por diferentes poblados. Y,
al fin de muchas peregrinaciones vino a parar al costeño pueblo de Huaral donde
halló ocasión para establecerse y mejorar de fortuna.
Se
esforzó entonces en ser como todo el mundo, cortés, decoroso y modesto. Estaba
convencido de que todos le tomaban por un hombre de bien, acaso, un comerciante
de tabaco y artículos de metal de segundo uso.
A
veces, a él mismo le parecía que no era el mestizo, Pedro Balcázar, ladrón tres
veces condenado por robo y ex presidiario sino un honorable caballero llamado
por ejemplo Aureliano Buitrón.
Tendría
algo más de cincuenta años, era cobrizo, patichueco, de opiniones inseguras,
ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a
sí mismo por un caballero firme y decidido. Físicamente estaba bastante sano,
salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó).
Cierta
tarde, cuando atendía su negocio, ubicado en la principal calle del pueblo, muy
cerca de la plazuela de los burros; oyó unos lamentos; y aromas de flores
exóticas, incienso y mirra, invadieron el ambiente.
Instantes
después, por la calle de la derecha, se apareció una multitud que acompañaba un
féretro.
El
brillantísimo ataúd, ricamente tallado con imágenes religiosas y cargado por
negros de ébano, vestidos de librea; era transportado, con un vaivén
majestuoso, hacia la iglesia.
A
su paso, mujeres indias, vestidas de duelo, regaban de flores las calles
empedradas; mientras arriba, en el atrio, el cura, elevando una pequeña cruz de
oro hacia el cielo, esperaba.
Detrás,
del cortejo, venían dos mujeres, ambas vestidas de luto: una de ellas, la viuda,
delgada y de rostro pálido, llevaba la mirada extraviada como si nada ya tuviera
que hacer en esta vida. La otra, esbelta y bonita joven, recostada a ella, en
silencio lloraba.
Preso
de repentina curiosidad; Aureliano Buitrón, cerró la expendeduría y se unió a
los acompañantes. Había allí gran número de hombres y mujeres con trajes y
rasgos exóticos: chinos, japoneses, árabes… Algunos tenían los rostros serios y
tristes, otros sonreían y hablaban entre sí.
La
apiñada muchedumbre continuó su camino hasta la iglesia, pero llegados a la
puerta fueron segregados por los ayudantes del cura. Solo los amigos del
difunto (hacendados en su mayoría), familiares y el alcalde ingresaron al
recinto.
Mientras
en la iglesia se llevaban a cabo los oficios religiosos, afuera, Aureliano,
semicerraba los ojos por un momento. Y cosa rara, tuvo un acaramelado y loco
sueño; en el sueño, la guapa y bella joven que minutos antes viera;
apasionadamente lo besaba. ¡Qué
felicidad…!
De
pronto un sacudón lo devolvió a la realidad. volteó despavorido. Era un
monaguillo con un bolso de limosnas que se abría paso por en medio de la
marejada humana.
Dejó
caer un «gordo» en el saquillo de cuero y musitó una bendición para los pobres
del señor cura.
A
su lado, vio a un hombre, de curtida piel. Se habría dicho que las balas le
tenían miedo. El viejo se secó los ojos, pues contaba que había conocido al
tayta Mendoza, con sus cabellos de plata y sus nobles ojos azules, y por él
había vivido. Y juntando las manos se quedó inmóvil, con la mirada perdida en
la nada; era el capataz.
Mientras
los restos de Amador Mendoza, eran bajados por un escotillón, a la cripta de la
iglesia, construida especialmente para él, y por él; Aureliano se enteraba por
boca de unos paisanos que la huérfana se llamaba Victoria, era hija única;
además, su familia pertenecía a la casta que manejaba el pueblo desde los
tiempos de la conquista.
Terminadas
las exequias religiosas, los hombres y mujeres reunidos
todavía delante de la puerta de la iglesia empezaron a desperdigarse. Cada
quien volvía a su casa: hablando de aquella solemnidad fúnebre: el «entierro
del señor». En el pueblo nunca
se había presenciado un espectáculo semejante.
Pedro
Balcázar o mejor dicho Aureliano Buitrón, se apartó de los demás y se dirigió
presuroso al barato cuarto de hotel en que vivía, pero antes se detuvo en una cantina
que quedaba en su camino. «Unos traguitos no le vendrían nada mal».
Saludó
con mucha cortesía a los presentes, pero nadie le devolvió el saludo. Tuvo la ligera
sospecha que habían descubierto su personalidad y que, por una u otra razón, ya
no le tomaban por lo que él creía.
Incomodo,
se fue a un apartado rincón, oscuro y sucio, y se dejó caer sobre una silla, ante
una pringosa mesa. Pidió una cerveza y se bebió un vaso con suma avidez. Al
momento experimentó una impresión de profundo alivio. y soltó una risita áspera
y seca.
Sus
ideas parecieron aclararse.
Estiró
con cuidado sus largos pies, calzados con unos
horrorosos botines amarillos y se quitó el sombrero. Encendió un
cigarrillo y aspiró el humo con mucha ansiedad.
Después
de llenarse la cabeza con una infinidad de proyectos, concluyó: por la mañana, acudiría al hogar de la joven,
hablaría con la madre y pediría su mano, con este matrimonio la sociedad
pueblerina se olvidaría de su pasado y de su sangre india.
Tan
embebido estaba en estos cabildeos que no se percató en que momento don Román
Ramírez se acercó a su mesa. Era un caballero entrado en años y vestido con la inconfundible
elegancia de las personas acostumbradas a la buena ropa desde su niñez. Un gentleman.
—Buenas
noches, Aureliano. —le dijo. Con aire altivo e imponente.
Palideció ligeramente. No sabía qué hacer. Además, estaba
desconcertado por su sonrisa. « ¿Será una broma pensó».
—Buenas
noches, don Román. —Respondió Aureliano, un tanto
sorprendido por aquel lenguaje ampuloso y también al verse abordado tan
directamente, tan a quemarropa, por un cuasi desconocido.
—
¿Cómo le va el negocio a su merced? —preguntó el recién llegado. Atusándose de cuando en cuando el bigote
gris para ocultar una sonrisa involuntaria.
Tuvo
ganas de gritarle a la cara que sus negocios iban mal rematadamente mal, —ya
que las relaciones con el caballero habían sido últimamente raras y tirantes—,
pero se contuvo y le siguió el juego.
—
A Dios gracias muy bien, no puedo quejarme. Ahora busco establecerme y casarme
también. —Contestó.
—
¡Caray! —Exclamó el hacendado— ¿Y quién es la afortunada, si se puede conocer?
—preguntó, con una sonrisa burlesca.
Como
andaba un tanto achispado por el vino, le dijo:
—Doña
Victoria Mendoza, es la mujer que ha atrapado mi corazón.
Don
Román Ramírez se quedó petrificado; de pie, en medio de la estancia; fija la
mirada en su enemigo. Indeciso. Sin saber qué hacer.
De
pronto su rostro se tornó terrible:
—Óigame
granuja. ¡Jamás Victoria va a ser su esposa!,
¡Le fue prometida a mi hijo por su difunto padre! ¡Mi prima Justina,
nunca permitirá que sus bienes y propiedades queden en manos de un arribista!
Todos los presentes le escuchaban, aunque con bastante indiferencia.
Y,
como último recurso para persuadirlo e intimidarlo, sacó una pistola del
bolsillo de su chaqueta y le apuntó recto al pecho: (Los
chicos se refugiaron detrás del mostrador y el tabernero salió de la cocina expresamente
para ver la pelea).
—Le
advierto, que si se acerca a casa de mis parientes o habla con la niña
Victoria, ¡Una bala cargará con su atrevimiento! —Gritó, en tono amenazador.
El
mestizo sintió que el cielo se le caía a pedazos y que sus esperanzas de amores
y bonanzas se iban al mismísimo inferno.
Mientras
abandonaba la taberna una idea diabólica cruzó por su mente.
—Vendré,
para vengarme —Murmuraba entre dientes.
El
frio de la noche le refresco un poco. Y, a pesar del terrible tiempo y lo tarde
que era, avanzó como loco, en medio de las tinieblas… Los faroles de kerosene
se fueron distanciando, y las calles se hicieron más estrechas y sombrías.
*
El
sol se encontraba en su punto más alto cuando llegó a la hondonada. En el
fondo, distinguió una pequeñísima cabaña y cerca de ella a una anciana:
acuclillada y envuelta en un poncho de colores sombríos. Inmóvil. Como si un
ave nocturna le hubiese anticipado su llegada.
—¿Qué
te trae por acá buena alhaja? —preguntó la vieja bruja, con voz terrible.
—Sumaq
punchaw,—respondió Aureliano—, hurgando en sus memorias los pocos recuerdos que
le quedaban del idioma de sus ancestros.
Sacó
de la bolsa un puñado de coca y se la ofreció con estas palabras:
—Para
que endulces tu boca awicha.
Luego,
sin ambages, le dijo:
—Mi
deseo más grande en la vida es que Victoria Mendoza se enamore de mí. Ser un
respetable y distinguido vecino de mi pueblo y sobre todo, que mi nombre quede
grabado a fuego en la historia.
—¡A
chachau! ¡AY, QUE MIEDO!, ¡QUÉ SUSTO!, ¡QUE SORPRESA!—dijo
la vieja, moviendo la cabeza de un lado para el otro. Pides mucho, sabes que el
precio es muy alto, ¿estarías dispuesto a pagarlo?
—La
deuda se pagará, quiero hacer el pacto.
La
bruja indígena, se incorporó; era pequeña y encorvada. De rostro pétreo y
ensortijados cabellos blancos. Parecía tener más de cien años y sus ojos
blancos delataban que era ciega. Pero solo de la vista. Ya que los verdaderos
brujos no necesitan tener ojos para ver.
Agarró
una gruesa rama como bastón y con voz atronadora dijo:
—Vamos
entonces. La luna está en su
primer cuadrante, el mejor momento para el hechizo.
Avanzaron
por un camino polvoriento, que antaño recorrieron peregrinos de un olvidado
culto y que la inquisición obligó a sus miembros a ocultarse. Poco después se
encontraban en el más antiguo monte de guarangos.
La
anciana, quien iba adelante, atisbaba entre los viejos troncos ennegrecidos
tiempo atrás por grandes hogueras, y de
a rato se detenía a escuchar los agudos silbidos del viento, esperando
encontrar alguna visión o sonido de lo que buscaba.
Ya
empezaba a oscurecer cuando, Aureliano Buitrón, preguntó malhumorado:
—
¿A dónde me llevas, mamachakuy?
—El
Supay, —Dijo. Vive escondido en una cueva, lejos de los caminos y del paso de
los curas.
—Entonces
nunca lo encontraremos —respondió el mestizo, en tono sarcástico.
—No
será así. Los que le buscan no saben buscar; pasan y pasan y el demonio está
viéndoles pasar. Hay que tener mucha paciencia.
Y
tuvo razón. A poco, se divisó una luz entre la espesa bruma vespertina. Venia
de una cueva construida sobre la pendiente de una montaña.
—
¡Ya vez…! —exclamó, entusiasmada, la bruja. Y señalándole la entrada dijo—:
Ande usted solo. Le dices que «la anciana de la hondonada» te trajo. ¡Nunca,
bajo ninguna presión o circunstancia cuentes lo que allí dentro suceda!
Advirtió con severidad.
*
Apuntaba
apenas la aurora cuando Aureliano abandonó la cueva: traía consigo una cajita
de cristal de roca. Despertó a la bruja que dormía acurrucada sobre la yerba mojada
y emprendieron el retorno.
La
sentencia era clara: ningún ojo profano vería su contenido de lo contrario el
pacto se cumpliría. El hombre cumplió su palabra, jamás habló de sus días en el
monte, ni lo sucedido en la cueva.
Ya
vuelto al pueblo. Un escribano le daba la noticia de que había recibido una
herencia de un pariente lejano que había fallecido. El funcionario público,
ante las insidiosas preguntas de la gentuza, no supo explicar con precisión
quien era la persona que le había pedido el favor.
*
Llegó
el domingo. Aureliano se levantó bien temprano y más feliz que nunca. Se vistió
como un hombre de la mejor sociedad. Una fina camisa de encajes, con una
corbatita de seda. Una chaqueta larga con cuello y solapa, un brilloso sombrero
de fieltro de alas anchas levantada en los bordes y unos zapatos de lustrosas
hebillas.
A
la salida cortó unas raras rosas, que encontró en el jardín del hotel y con un
bastón de puño dorado en la mano, se
dirigió a la iglesia; a escuchar la primera misa consagrada al alma de don
Amador Mendoza.
Apenas
entró al templo cientos de miradas furtivas se posaron sobre él, más, nadie se
atrevió a decirle nada; pero los cuchicheos no se hicieron esperar.
pues, de cuando en
cuando, los más extraños
rumores acerca de su vida íntima se
Segundos
antes que el cura terminara la misa, Aureliano abandonó el templo y esperó en
la puerta a su amada.
Apenas
ella salió; erguido, gallardo y extrañamente conquistador se acercó. Saludó a
la madre, que se quedó mirándole largo rato con ojos terribles y, después de un
ceremonioso y cordial venia, con manos galantes le entregó el ramo de flores a
la joven.
La
moza, blanca y luminosa, como una nube ante la luna, torció la cabeza, frunció
la frente y dijo desdeñosa: «Usted no es mi tipo» ¡No faltaba más!. Pero más
tarde, cuando fue a acostarse, se hallaba en estado delirante; víctima de
fuerzas desconocidas.
El
encanto se había realizado.
El
domingo siguiente, repitió la misma estratagema: muy
perfumado, con el sombrero hundido sobre la frente; los zapatos relucientes,
esperaba. Erguido, y adoptando una postura muy distinguida. Pero esta
vez, el astuto conquistador, le deslizó una carta, que ella escondió dentro del
guante y le sonrió.
La
perfumada carta contenía una declaración de amor.
Como
es natural en las madres, ella se enteró, y le prohibió, terminantemente,
continuar con tal relación. «Serás la comidilla del pueblo».
Después
de eso Victoria tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado.
Hasta
que un día, la muchacha, bajo amenaza de huir con su pretendiente, logró que la
mamá aceptara como novio y futuro esposo a Aureliano Buitrón.
En
realidad, la dama, nunca se arrepintió de haber complacido a su hija en la
elección de su esposo: resultó todo un caballero, respetuoso y dedicado a su
familia. Además, administró la hacienda de manera exitosa; acrecentando la
fortuna familiar año tras año.
*
Corría
el año de 1890 y en el pueblo, las voces apuraban la autonomía Distrital.
Aureliano se mantenía interesado en estos sucesos. Daba por descontado que ello
contribuiría a sus sueños de prosapia y poder.
El
31 de Octubre se creó el distrito de Huaral, pero debido a problemas políticos
no fue hasta el primero de abril de 1893, quien como destacado vecino, e hombre
influyente, presenció la instalación del Flamante Concejo Municipal.
Sus
sueños de grandeza y protagonismo se estaban cumpliendo. Ahora, solo era
cuestión de tiempo; el alcalde, (nombrado por la junta de notables del pueblo)
don Luis Colán, estaba viejo y enfermo; moriría pronto y él, como reemplazante,
le sucedería en el cargo.
Al
parecer no había sombra que opacara su brillo. Aunque en realidad; sí lo había.
José Ramírez se la tenía jurada. Meses atrás su padre había muerto, de terribles
convulsiones, pero antes, le confió un terrible secreto. Ya encontraría el
tiempo y el lugar para vengarse. Y como la venganza es un manjar que se cuece
lento, ideó la revancha con astucia y esmero.
Su
enemigo se llevó mujer, felicidad y heredad. Pues, no sería para siempre. Había
un lado flaco.
*
Una
o dos veces al año, durante el plenilunio, misteriosamente y a medianoche, Aureliano,
abandonaba el pueblo y se internaba en el antiguo monte de los guarangos.
Estas inexplicables ausencias comenzaron a ser
notadas y empezaron a circular extrañas historias sobre él. Cuando reaparecía
en sociedad: la gente cuchicheaba en los mercados y tabernas, o pasaban ante él
con una sonrisita burlona, o le examinaban con ojos fríos y escrutadores, como
decididos a descubrir su secreto. Claro que él no prestaba la menor atención a
aquellos desprecios e impertinencias; y, a juicio de la mayoría, su aire de
afabilidad y de franqueza, su encantadora sonrisa infantil y la gracia infinita
de aquella juventud maravillosa que parecía no abandonarle, eran fruto de malas
artes.
respuestas más que suficiente a las calumnias
-pues de tal las calificaban- que sobre él corrían. Sin embargo, no dejó de
observarse que algunos de los que le habían tratado más íntimamente, al cabo de
cierto tiempo parecían rehuirle.
—
¡Ahora o nunca! —Pensó José. Esta es la oportunidad que Dios me ha mandado.
Escoltado
por las autoridades llegó a la finca de su prima Victoria.
Detrás
de la casa, en el jardín silvestre, enterrada bajo un árbol de higo encontró la
cajita de cristal de roca, forrada de terciopelo rojo. Sus
raíces se aferraban a la colina como un puño cuyos dedos se hundían en la
tierra.
Abrió
la tapa y sus ojos centellaron. El documento que un día extrañamente
desapareció de la notaria, estaba allí.
Le
entregó al Juez de paz el amarillento papel. Éste lo leyó, y declaró que en
efecto el contrato, estipulaba la compra-venta de la hacienda entre Manuel
Mendoza y Román Ramírez.
Pleno
de gozo, el hombre imaginó una y mil maneras de acabar con su enemigo. ¿Dar asilo a su prima? ¡Sí! Pero
no a sus hijos. Que aquellos despreciables corran la misma suerte de su padre.
Apenas,
Aureliano Buitrón puso un pie en el pueblo, las autoridades le conminaron para
que abandonara la hacienda, de lo contrario se llevaría a cabo el lanzamiento.
*
Aureliano
no duerme. Intenta convencerse de que el pacto nunca sucedió. Que la vieja
bruja no fue quemada en una hoguera sin antes revelar su secreto.
El
tiempo, pasa lentamente. Todo está en silencio. Y en la habitación, una
muriente llama amarilla, de una lamparilla de cobre, se extingue de a poco, en
la mesita de noche.
La
impaciencia, la decepcionante espera, la certidumbre de la muerte aumentaban la
angustia. En el corredor de la casa suenan; remotos y entrecortados pasos, acercándose.
El
hombre se echó a temblar con más fuerza que nunca.
De
pronto, la puerta se abrió de golpe, y una bocanada de aire frio penetró en la
alcoba. Todo el vello se le erizó sobre la piel sudorosa. Pero, para su asombro
no era el demonio andino quien se le apareció, sino, un hombre alto y robusto,
con una capa azul desgastada, un cascote de cobre y una gran lanza cuya punta
brillaba a la luz de la lámpara.
Era
un ordenanza enviado por el Prefecto de la ciudad, quien, por su encargo, llevaría
a cabo el lanzamiento.
Aureliano
Buitrón, firmante del acta de Creación del Distrito de Huaral, murió asesinado
a merced de las lanzas de un auxiliar de la ley que no entendió la diferencia
de concepto entre las palabras lanzamiento y lanceamiento.
He
juzgado conveniente alterar el nombre y apellido del personaje principal,
porque como habrás notado, joven lector, el demonio borra de la historia nombre
y obra una vez finalizado el pacto.
Me acuerdo todavía de su rostro; pero no sé, ni lo sabe nadie, de
dónde vino ni adónde fue. Muchas veces he pensado si sería Holger, el viejo
danés, en persona, que habría salido de Kronborg para acudir en nuestra ayuda a
la hora del peligro. Esto es lo que pensé, y ahí está su efigie.
Quedó muy apesadumbrada y se puso de riguroso luto de pies a cabeza;
no toleró ni una cinta blanca. Todos los criados iban de negro, e incluso el
coche de gala fue recubierto de paño de este color.
El administrador y el alcalde esperaban a caballo, sosteniendo
antorchas encendidas, ante la puerta del camposanto. La iglesia estaba
iluminada, y el sacerdote recibió el cadáver en la entrada del templo. Llevaron
el féretro al coro, acompañado de toda la población. Habló el párroco y se
cantó un coral. La señora se hallaba también presente en la iglesia; había
hecho el viaje en el coche de gala cubierto de crespones; en la parroquia nunca
habían presenciado un espectáculo semejante.
Una noche gélida, en que brillaba la nieve y centelleaban las
estrellas, llegó de la ciudad la carroza fúnebre conduciendo el cadáver, que
debía recibir sepultura en el panteón familiar del cementerio del pueblo.
samaqueaban vino a echar por tierra sus castillos en el aire..
que le habían visto querellándose con
marineros extranjeros en uno de
esos antros equívocos de Whitechapel, y que
frecuentaba la compañía
de ladrones y monederos falsos y conocía los
misterios de su arte. Sus