martes, 14 de marzo de 2017

Al diablo con el diablo
Si tuviera que cambiar algo en
mi vida todo lo cambiaria

«Somos buenos para ocultarnos a nosotros mismos» —Se decía en voz baja, el moribundo—, mientras la cama se inundaba de sangre y el diablo le cobraba el alma...
Esta es su historia, y así fue como empezó todo.
Desde que salió de la cárcel, el hombre, anduvo errando por diferentes poblados. Y, al fin de muchas peregrinaciones vino a parar al costeño pueblo de Huaral donde halló ocasión para establecerse y mejorar de fortuna.
Se esforzó entonces en ser como todo el mundo, cortés, decoroso y modesto. Estaba convencido de que todos le tomaban por un hombre de bien, acaso, un comerciante de tabaco y artículos de metal de segundo uso.
A veces, a él mismo le parecía que no era el mestizo, Pedro Balcázar, ladrón tres veces condenado por robo y ex presidiario sino un honorable caballero llamado por ejemplo Aureliano Buitrón.
Tendría algo más de cincuenta años, era cobrizo, patichueco, de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó).
Cierta tarde, cuando atendía su negocio, ubicado en la principal calle del pueblo, muy cerca de la plazuela de los burros; oyó unos lamentos; y aromas de flores exóticas, incienso y mirra, invadieron el ambiente.
Instantes después, por la calle de la derecha, se apareció una multitud que acompañaba un féretro.
El brillantísimo ataúd, ricamente tallado con imágenes religiosas y cargado por negros de ébano, vestidos de librea; era transportado, con un vaivén majestuoso, hacia la iglesia.
A su paso, mujeres indias, vestidas de duelo, regaban de flores las calles empedradas; mientras arriba, en el atrio, el cura, elevando una pequeña cruz de oro hacia el cielo, esperaba.
Detrás, del cortejo, venían dos mujeres, ambas vestidas de luto: una de ellas, la viuda, delgada y de rostro pálido, llevaba la mirada extraviada como si nada ya tuviera que hacer en esta vida. La otra, esbelta y bonita joven, recostada a ella, en silencio lloraba.
Preso de repentina curiosidad; Aureliano Buitrón, cerró la expendeduría y se unió a los acompañantes. Había allí gran número de hombres y mujeres con trajes y rasgos exóticos: chinos, japoneses, árabes… Algunos tenían los rostros serios y tristes, otros sonreían y hablaban entre sí.
La apiñada muchedumbre continuó su camino hasta la iglesia, pero llegados a la puerta fueron segregados por los ayudantes del cura. Solo los amigos del difunto (hacendados en su mayoría), familiares y el alcalde ingresaron al recinto.
Mientras en la iglesia se llevaban a cabo los oficios religiosos, afuera, Aureliano, semicerraba los ojos por un momento. Y cosa rara, tuvo un acaramelado y loco sueño; en el sueño, la guapa y bella joven que minutos antes viera; apasionadamente lo besaba. ¡Qué felicidad…!
De pronto un sacudón lo devolvió a la realidad. volteó despavorido. Era un monaguillo con un bolso de limosnas que se abría paso por en medio de la marejada humana.
Dejó caer un «gordo» en el saquillo de cuero y musitó una bendición para los pobres del señor cura.
A su lado, vio a un hombre, de curtida piel. Se habría dicho que las balas le tenían miedo. El viejo se secó los ojos, pues contaba que había conocido al tayta Mendoza, con sus cabellos de plata y sus nobles ojos azules, y por él había vivido. Y juntando las manos se quedó inmóvil, con la mirada perdida en la nada; era el capataz.
Mientras los restos de Amador Mendoza, eran bajados por un escotillón, a la cripta de la iglesia, construida especialmente para él, y por él; Aureliano se enteraba por boca de unos paisanos que la huérfana se llamaba Victoria, era hija única; además, su familia pertenecía a la casta que manejaba el pueblo desde los tiempos de la conquista.
Terminadas las exequias religiosas, los hombres y mujeres reunidos todavía delante de la puerta de la iglesia empezaron a desperdigarse. Cada quien volvía a su casa: hablando de aquella solemnidad fúnebre: el «entierro del señor». En el pueblo nunca se había presenciado un espectáculo semejante.
Pedro Balcázar o mejor dicho Aureliano Buitrón, se apartó de los demás y se dirigió presuroso al barato cuarto de hotel en que vivía, pero antes se detuvo en una cantina que quedaba en su camino. «Unos traguitos no le vendrían nada mal».
Saludó con mucha cortesía a los presentes, pero nadie le devolvió el saludo. Tuvo la ligera sospecha que habían descubierto su personalidad y que, por una u otra razón, ya no le tomaban por lo que él creía.
Incomodo, se fue a un apartado rincón, oscuro y sucio, y se dejó caer sobre una silla, ante una pringosa mesa. Pidió una cerveza y se bebió un vaso con suma avidez. Al momento experimentó una impresión de profundo alivio. y soltó una risita áspera y seca.
Sus ideas parecieron aclararse.
Estiró con cuidado sus largos pies, calzados con unos horrorosos botines amarillos y se quitó el sombrero. Encendió un cigarrillo y aspiró el humo con mucha ansiedad.
Después de llenarse la cabeza con una infinidad de proyectos, concluyó: por la mañana, acudiría al hogar de la joven, hablaría con la madre y pediría su mano, con este matrimonio la sociedad pueblerina se olvidaría de su pasado y de su sangre india.
Tan embebido estaba en estos cabildeos que no se percató en que momento don Román Ramírez  se acercó a su mesa. Era un caballero entrado en años y vestido con la inconfundible elegancia de las personas acostumbradas a la buena ropa desde su niñez. Un gentleman.
—Buenas noches, Aureliano. —le dijo. Con aire altivo e imponente.
Palideció ligeramente. No sabía qué hacer. Además, estaba desconcertado por su sonrisa. « ¿Será una broma pensó».
—Buenas noches, don Román. —Respondió Aureliano, un tanto sorprendido por aquel lenguaje ampuloso y también al verse abordado tan directamente, tan a quemarropa, por un cuasi desconocido.
— ¿Cómo le va el negocio a su merced? —preguntó el recién llegado. Atusándose de cuando en cuando el bigote gris para ocultar una sonrisa involuntaria.
Tuvo ganas de gritarle a la cara que sus negocios iban mal rematadamente mal, —ya que las relaciones con el caballero habían sido últimamente raras y tirantes—, pero se contuvo y le siguió el juego.
— A Dios gracias muy bien, no puedo quejarme. Ahora busco establecerme y casarme también. —Contestó.
— ¡Caray! —Exclamó el hacendado— ¿Y quién es la afortunada, si se puede conocer? —preguntó, con una sonrisa burlesca.
Como andaba un tanto achispado por el vino, le dijo:
—Doña Victoria Mendoza, es la mujer que ha atrapado mi corazón.
Don Román Ramírez se quedó petrificado; de pie, en medio de la estancia; fija la mirada en su enemigo. Indeciso. Sin saber qué hacer.
De pronto su rostro se tornó terrible:
—Óigame granuja. ¡Jamás Victoria va a ser su esposa!,  ¡Le fue prometida a mi hijo por su difunto padre! ¡Mi prima Justina, nunca permitirá que sus bienes y propiedades queden en manos de un arribista!
Todos los presentes le escuchaban, aunque con bastante indiferencia.
Y, como último recurso para persuadirlo e intimidarlo, sacó una pistola del bolsillo de su chaqueta y le apuntó recto al pecho: (Los chicos se refugiaron detrás del mostrador y el tabernero salió de la cocina expresamente para ver la pelea).
—Le advierto, que si se acerca a casa de mis parientes o habla con la niña Victoria, ¡Una bala cargará con su atrevimiento! —Gritó, en tono amenazador.
El mestizo sintió que el cielo se le caía a pedazos y que sus esperanzas de amores y bonanzas se iban al mismísimo inferno.
Mientras abandonaba la taberna una idea diabólica cruzó por su mente.
—Vendré, para vengarme —Murmuraba entre dientes.
El frio de la noche le refresco un poco. Y, a pesar del terrible tiempo y lo tarde que era, avanzó como loco, en medio de las tinieblas… Los faroles de kerosene se fueron distanciando, y las calles se hicieron más estrechas y sombrías.
*
El sol se encontraba en su punto más alto cuando llegó a la hondonada. En el fondo, distinguió una pequeñísima cabaña y cerca de ella a una anciana: acuclillada y envuelta en un poncho de colores sombríos. Inmóvil. Como si un ave nocturna le hubiese anticipado su llegada.
—¿Qué te trae por acá buena alhaja? —preguntó la vieja bruja, con voz terrible.
—Sumaq punchaw,—respondió Aureliano—, hurgando en sus memorias los pocos recuerdos que le quedaban del idioma de sus ancestros.
Sacó de la bolsa un puñado de coca y se la ofreció con estas palabras:
—Para que endulces tu boca awicha.
Luego, sin ambages, le dijo:
—Mi deseo más grande en la vida es que Victoria Mendoza se enamore de mí. Ser un respetable y distinguido vecino de mi pueblo y sobre todo, que mi nombre quede grabado a fuego en la historia.
—¡A chachau! ¡AY, QUE MIEDO!, ¡QUÉ SUSTO!, ¡QUE SORPRESA!—dijo la vieja, moviendo la cabeza de un lado para el otro. Pides mucho, sabes que el precio es muy alto, ¿estarías dispuesto a pagarlo?
—La deuda se pagará, quiero hacer el pacto.
La bruja indígena, se incorporó; era pequeña y encorvada. De rostro pétreo y ensortijados cabellos blancos. Parecía tener más de cien años y sus ojos blancos delataban que era ciega. Pero solo de la vista. Ya que los verdaderos brujos no necesitan tener ojos para ver.
Agarró una gruesa rama como bastón y con voz atronadora dijo:
—Vamos entonces. La luna está en su primer cuadrante, el mejor momento para el hechizo.
Avanzaron por un camino polvoriento, que antaño recorrieron peregrinos de un olvidado culto y que la inquisición obligó a sus miembros a ocultarse. Poco después se encontraban en el más antiguo monte de guarangos.
La anciana, quien iba adelante, atisbaba entre los viejos troncos ennegrecidos tiempo atrás por grandes hogueras,  y de a rato se detenía a escuchar los agudos silbidos del viento, esperando encontrar alguna visión o sonido de lo que buscaba.
Ya empezaba a oscurecer cuando, Aureliano Buitrón, preguntó malhumorado:
— ¿A dónde me llevas, mamachakuy?
—El Supay, —Dijo. Vive escondido en una cueva, lejos de los caminos y del paso de los curas.
—Entonces nunca lo encontraremos —respondió el mestizo, en tono sarcástico.
—No será así. Los que le buscan no saben buscar; pasan y pasan y el demonio está viéndoles pasar. Hay que tener mucha paciencia.
Y tuvo razón. A poco, se divisó una luz entre la espesa bruma vespertina. Venia de una cueva construida sobre la pendiente de una montaña.
— ¡Ya vez…! —exclamó, entusiasmada, la bruja. Y señalándole la entrada dijo—: Ande usted solo. Le dices que «la anciana de la hondonada» te trajo. ¡Nunca, bajo ninguna presión o circunstancia cuentes lo que allí dentro suceda! Advirtió con severidad.
*
Apuntaba apenas la aurora cuando Aureliano abandonó la cueva: traía consigo una cajita de cristal de roca. Despertó a la bruja que dormía acurrucada sobre la yerba mojada y  emprendieron el retorno.
La sentencia era clara: ningún ojo profano vería su contenido de lo contrario el pacto se cumpliría. El hombre cumplió su palabra, jamás habló de sus días en el monte, ni lo sucedido en la cueva.
Ya vuelto al pueblo. Un escribano le daba la noticia de que había recibido una herencia de un pariente lejano que había fallecido. El funcionario público, ante las insidiosas preguntas de la gentuza, no supo explicar con precisión quien era la persona que le había pedido el favor.
*
Llegó el domingo. Aureliano se levantó bien temprano y más feliz que nunca. Se vistió como un hombre de la mejor sociedad. Una fina camisa de encajes, con una corbatita de seda. Una chaqueta larga con cuello y solapa, un brilloso sombrero de fieltro de alas anchas levantada en los bordes y unos zapatos de lustrosas hebillas.
A la salida cortó unas raras rosas, que encontró en el jardín del hotel y con un bastón de puño dorado en la mano,  se dirigió a la iglesia; a escuchar la primera misa consagrada al alma de don Amador Mendoza.  
Apenas entró al templo cientos de miradas furtivas se posaron sobre él, más, nadie se atrevió a decirle nada; pero los cuchicheos no se hicieron esperar.

pues, de cuando en
 cuando, los más extraños rumores acerca de su vida íntima se
Segundos antes que el cura terminara la misa, Aureliano abandonó el templo y esperó en la puerta a su amada.
Apenas ella salió; erguido, gallardo y extrañamente conquistador se acercó. Saludó a la madre, que se quedó mirándole largo rato con ojos terribles y, después de un ceremonioso y cordial venia, con manos galantes le entregó el ramo de flores a la joven.
La moza, blanca y luminosa, como una nube ante la luna, torció la cabeza, frunció la frente y dijo desdeñosa: «Usted no es mi tipo» ¡No faltaba más!. Pero más tarde, cuando fue a acostarse, se hallaba en estado delirante; víctima de fuerzas desconocidas.
       El encanto se había realizado.
El domingo siguiente, repitió la misma estratagema: muy perfumado, con el sombrero hundido sobre la frente; los zapatos relucientes, esperaba. Erguido, y adoptando una postura muy distinguida. Pero esta vez, el astuto conquistador, le deslizó una carta, que ella escondió dentro del guante y le sonrió.
La perfumada carta contenía una declaración de amor.
Como es natural en las madres, ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar con tal relación. «Serás la comidilla del pueblo».
Después de eso Victoria tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado.
Hasta que un día, la muchacha, bajo amenaza de huir con su pretendiente, logró que la mamá aceptara como novio y futuro esposo a Aureliano Buitrón.
En realidad, la dama, nunca se arrepintió de haber complacido a su hija en la elección de su esposo: resultó todo un caballero, respetuoso y dedicado a su familia. Además, administró la hacienda de manera exitosa; acrecentando la fortuna familiar año tras año.
*
Corría el año de 1890 y en el pueblo, las voces apuraban la autonomía Distrital. Aureliano se mantenía interesado en estos sucesos. Daba por descontado que ello contribuiría a sus sueños de prosapia y poder.
El 31 de Octubre se creó el distrito de Huaral, pero debido a problemas políticos no fue hasta el primero de abril de 1893, quien como destacado vecino, e hombre influyente, presenció la instalación del Flamante Concejo Municipal.
Sus sueños de grandeza y protagonismo se estaban cumpliendo. Ahora, solo era cuestión de tiempo; el alcalde, (nombrado por la junta de notables del pueblo) don Luis Colán, estaba viejo y enfermo; moriría pronto y él, como reemplazante, le sucedería en el cargo.
Al parecer no había sombra que opacara su brillo. Aunque en realidad; sí lo había. José Ramírez se la tenía jurada. Meses atrás su padre había muerto, de terribles convulsiones, pero antes, le confió un terrible secreto. Ya encontraría el tiempo y el lugar para vengarse. Y como la venganza es un manjar que se cuece lento, ideó la revancha con astucia y esmero.
Su enemigo se llevó mujer, felicidad y heredad. Pues, no sería para siempre. Había un lado flaco.
*
Una o dos veces al año, durante el plenilunio, misteriosamente y a medianoche, Aureliano, abandonaba el pueblo y se internaba en el antiguo monte de los guarangos.
 Estas inexplicables ausencias comenzaron a ser notadas y empezaron a circular extrañas historias sobre él. Cuando reaparecía en sociedad: la gente cuchicheaba en los mercados y tabernas, o pasaban ante él con una sonrisita burlona, o le examinaban con ojos fríos y escrutadores, como decididos a descubrir su secreto. Claro que él no prestaba la menor atención a aquellos desprecios e impertinencias; y, a juicio de la mayoría, su aire de afabilidad y de franqueza, su encantadora sonrisa infantil y la gracia infinita de aquella juventud maravillosa que parecía no abandonarle, eran fruto de malas artes.
 respuestas más que suficiente a las calumnias -pues de tal las calificaban- que sobre él corrían. Sin embargo, no dejó de observarse que algunos de los que le habían tratado más íntimamente, al cabo de cierto tiempo parecían rehuirle.
— ¡Ahora o nunca! —Pensó José. Esta es la oportunidad que Dios me ha mandado.
Escoltado por las autoridades llegó a la finca de su prima Victoria.
Detrás de la casa, en el jardín silvestre, enterrada bajo un árbol de higo encontró la cajita de cristal de roca, forrada de terciopelo rojo. Sus raíces se aferraban a la colina como un puño cuyos dedos se hundían en la tierra.
Abrió la tapa y sus ojos centellaron. El documento que un día extrañamente desapareció de la notaria, estaba allí.
Le entregó al Juez de paz el amarillento papel. Éste lo leyó, y declaró que en efecto el contrato, estipulaba la compra-venta de la hacienda entre Manuel Mendoza y Román Ramírez.
Pleno de gozo, el hombre imaginó una y mil maneras de acabar con  su enemigo. ¿Dar asilo a su prima? ¡Sí! Pero no a sus hijos. Que aquellos despreciables corran la misma suerte de su padre.
Apenas, Aureliano Buitrón puso un pie en el pueblo, las autoridades le conminaron para que abandonara la hacienda, de lo contrario se llevaría a cabo el lanzamiento.
*
Aureliano no duerme. Intenta convencerse de que el pacto nunca sucedió. Que la vieja bruja no fue quemada en una hoguera sin antes revelar su secreto.
El tiempo, pasa lentamente. Todo está en silencio. Y en la habitación, una muriente llama amarilla, de una lamparilla de cobre, se extingue de a poco, en la mesita de noche.
La impaciencia, la decepcionante espera, la certidumbre de la muerte aumentaban la angustia. En el corredor de la casa suenan; remotos y entrecortados pasos, acercándose.
El hombre se echó a temblar con más fuerza que nunca.
De pronto, la puerta se abrió de golpe, y una bocanada de aire frio penetró en la alcoba. Todo el vello se le erizó sobre la piel sudorosa. Pero, para su asombro no era el demonio andino quien se le apareció, sino, un hombre alto y robusto, con una capa azul desgastada, un cascote de cobre y una gran lanza cuya punta brillaba a la luz de la lámpara.
Era un ordenanza enviado por el Prefecto de la ciudad, quien, por su encargo, llevaría a cabo el lanzamiento.
Aureliano Buitrón, firmante del acta de Creación del Distrito de Huaral, murió asesinado a merced de las lanzas de un auxiliar de la ley que no entendió la diferencia de concepto entre las palabras lanzamiento y lanceamiento.
He juzgado conveniente alterar el nombre y apellido del personaje principal, porque como habrás notado, joven lector, el demonio borra de la historia nombre y obra una vez finalizado el pacto.
Me acuerdo todavía de su rostro; pero no sé, ni lo sabe nadie, de dónde vino ni adónde fue. Muchas veces he pensado si sería Holger, el viejo danés, en persona, que habría salido de Kronborg para acudir en nuestra ayuda a la hora del peligro. Esto es lo que pensé, y ahí está su efigie.
Quedó muy apesadumbrada y se puso de riguroso luto de pies a cabeza; no toleró ni una cinta blanca. Todos los criados iban de negro, e incluso el coche de gala fue recubierto de paño de este color.
El administrador y el alcalde esperaban a caballo, sosteniendo antorchas encendidas, ante la puerta del camposanto. La iglesia estaba iluminada, y el sacerdote recibió el cadáver en la entrada del templo. Llevaron el féretro al coro, acompañado de toda la población. Habló el párroco y se cantó un coral. La señora se hallaba también presente en la iglesia; había hecho el viaje en el coche de gala cubierto de crespones; en la parroquia nunca habían presenciado un espectáculo semejante.
Una noche gélida, en que brillaba la nieve y centelleaban las estrellas, llegó de la ciudad la carroza fúnebre conduciendo el cadáver, que debía recibir sepultura en el panteón familiar del cementerio del pueblo.
samaqueaban vino a echar por tierra sus castillos en el aire..

 que le habían visto querellándose con marineros extranjeros en uno de
 esos antros equívocos de Whitechapel, y que frecuentaba la compañía
 de ladrones y monederos falsos y conocía los misterios de su arte. Sus


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